Carta 1
De costumbres: sirenas, misiles y ser mujer.
Siempre me gustaron las cartas, pero no recuerdo cuándo fue la primera vez que recibí o escribí una. Lo más probable es que esas primeras cartas hayan sido de mi mamá o de mi papá, y también para ellos.
Recuerdo una que me escribieron el día que “me hice mujer” así se le llamaba por aquellas épocas a, nada más ni nada menos, que la primera menstruación. De más está decir que recibir una carta y un perfume por parte de mis padres ese día me dió una vergüenza que aún recuerdo. También mi mamá me escondió una carta en la valija que llevé a mi primer viaje sola: un crucero con amigas por nuestros 15 años. Mi papá me ha hecho llegar cartas a casi todos mis cumpleaños desde que no vivimos en la misma ciudad, con dibujos; papeles amarillos de cuadernos que tienen muchos años; y te amos.
Tal vez lo raro sería entonces, que yo no escribiera cartas.
Y aunque ahora muchas cartas, como ésta, sean en formato digital, algo de toda su esencia me devuelve a los comienzos de mi vida, donde no existía la tecnología arrasadora que existe hoy, a la cual le agradezco, porque sin ella no podría comunicarme a diario con la gente que amo y está lejos. Demasiado lejos para mi gusto.
Pero a veces, —o siempre— extraño esos tiempos en los que estábamos más en el momento y en el lugar.
De ahí vienen estas cartas, que le escribiré a quien quiera leerlas, y también, porqué no, a mi misma. A la que fui y a la que seré, como prueba de vida, como puente entre el pasado, el presente y el futuro. Como un cuento que me cuento a mi misma sobre trazos que se desdibujan entre ficción y realidad. En verdad: es realidad, solo que a veces parece ficción.
De costumbres: sirenas, misiles y ser mujer.
Casi todos los días me resulta anecdótico vivir acá, en Israel, mientras transcurre uno de sus peores momentos. Miro por la ventana este cielo que se mantiene azul unos 330 días al año, los pájaros se posan en las ramas de los árboles que tengo frente a mí, quietos: no hay viento. Y los pájaros cantan, y yo me tomo un recreo de mi trabajo, y la vida parece transcurrir como cualquier otro día.
Pero hace una hora sonó la sirena. Lo que significa que alguno de nuestros vecinos, que nos odian, casi todos, lanzó un misil que viajaba hacia acá. La Cúpula de Hierro y sus sensores posicionados en este mismo cielo azul que miro, dispararon otro misil que fue al encuentro del lanzado por ese vecino. Se encontraron, explotaron sobre mí y, por el riesgo de que partes de esa explosión me cayeran encima, una sirena me avisó que tenía que ir al refugio.
Sonó mi celular, la aplicación del Estado emitió una alerta que me hizo saltar de la silla, al mismo tiempo que el sonido de la sirena de la calle entró por la ventana que tenía un poco abierta para que circulara el aire.
Bajé los tres pisos lo más rápido que pude, sin olvidar antes, cambiarme las pantuflas de casa por las sandalias de calle. Puede parecerte un detalle sin sentido, pero es una técnica que fui perfeccionando estos últimos días.
Quienes me conocen, saben muy bien que a mi casa no se entra con zapatillas de la calle, sino que se está descalzo, o en pantuflas. Las primeras 5 sirenas que escuché, bajé con las pantuflas, y me ponía tan de mal humor entrar a casa y tener que lavarlas y secarlas para volvermelas a poner.
No la sirena, no, lo que me enojaba era todo el tema de la suela de mis pantuflas tocando la calle y el piso del refugio que es una mugre. ¡Ojo con lo que estás pensando eh! no me mandes a terapia, que ya voy hace 10 años. Lo de las pantuflas es un detalle sin resolver.
La cosa es que ahora afiné mi técnica de ida al refugio, tengo 60 segundos para cambiarme las pantuflas y bajar los 3 pisos. Y llego, chequeado, llego. Agradezco la agilidad que me han dado estos últimos años de entrenamiento ininterrumpido. Al final, por estas cosas es que una entrena.
Hoy, cuando llegué a la planta baja de mi edificio, donde está la puerta del refugió, un señor me gritó desde la vereda si podía entrar, le dije que sí. En realidad le grité: “BO! BO!” que en hebreo significa: ¡vení, vení! y el señor vino. Es el que barre la vereda, me lo he cruzado varias veces que salí de casa a esta misma hora.
Las charlas dentro del refugio son parecidas a las que se tienen en un ascensor. Y a mi me dan una fiaca. Pero hablo igual.
Estas últimas dos semanas, las sirenas sonaron muchas más veces que en lo que va del año, del año de guerra, que se cumple mañana: el 7 de octubre.
Hace un año atrás, el 6 de octubre de 2023, yo no sabía correr al refugio, ni tampoco cómo sonaba la sirena, mucho menos había desarrollado la técnica del cambio rápido de pantuflas por sandalias que puedan tocar la calle.
Lo raro y no tan raro, es que me estoy acostumbrando. La sirena ya no me exalta tanto. Aunque hay días en los que siento estar escuchándola por todos lados. Aunque anoche los aviones de guerra que pasan por encima de mi casa me despertaron varias veces. Me estoy acostumbrando.
Así, de la misma manera, es que me acostumbré a ser mujer en Latinoamérica.
También tiene su estrategia y no se construye de un día para el otro. Pero se necesita una.
Lo supe temprano, no tenía ni 12 años cuando el policía que “cuidaba” una casa del barrio me dijo cosas asquerosas mientras yo iba de camino al instituto de inglés a la hora de la siesta, ahí donde las calles en el interior del país están vacías.
Lo supe a mis 13, mientras caminaba a plena luz del día con una amiga, cuando un señor que iba en bicicleta por la vereda me agarró una teta, o lo que sea que estaba en ese lugar del cuerpo a los 13, que mucho de teta no tenía.
También lo supe más tarde, cuando iba en rollers y otro tipo en bicicleta me agarró tan fuerte que me tiró al piso.
Lo supe cada vez que me tocaron sin mi consentimiento en un boliche; un recital; una marcha. Cada noche en la que una presencia atrás mío me hizo empezar a correr.
La estrategia está armada con algo de miedo y de instinto de supervivencia: horarios, lugares y recursos con los que una cuenta para reducir, lo más que se pueda, las probabilidades de que algo malo pase. Eso es ser mujer en Latinoamérica.
Y eso acá, en donde vivo hoy, no existe.
Pero acá existe la guerra.
Todavía no sé qué es mejor y qué es peor. Si lo malo conocido o lo malo por conocer.
Solo sé que mientras viva, sobreviviré. A ser mujer y a la guerra.
Armaré todas las estrategias necesarias, que iré puliendo y perfeccionando.
Pero igual duele, y aunque quiera acostumbrarme no lo quiero normalizar.
Para eso: esta carta. Para eso, mi arma: la palabra escrita.
Que quedará por siempre acá, es un secreto entre vos y yo, que algún día me recordarás que no es muy normal toda esta cosa obsesiva de que las pantuflas no toquen la calle.
Hasta la próxima, querida lectora, querido lector.
Gracias.



“Todo lo que escribo sucedió… o sucederá “ escribió Carson Mcullers. Esas pantuflas! Escudo de ternura!!! Foto?