Carta 15
Mi hermana es madre
Mientras escribo esto, en realidad es 8 de julio y yo me desperté con un mensaje: mi hermana había roto bolsa y ya estaba en el hospital. Lo primero que hice fue escribirle. Me alivió saber que todavía estaba con el celular, que me contestaba.
Tuvimos una conversación sin mucho sentido. Yo le preguntaba cómo se sentía y qué hacía y qué pasaba ahora y qué seguía después. En el medio le dije que la amaba y que todo iba a salir bien.
Intenté seguir mi día como si nada, como si la mujer que durmió en la cama de al lado durante toda su infancia, su adolescencia y varios años de su adultez no estuviera a punto de traer al mundo a otro ser humano.
Yo quería hacer algo, pero a la vez sabía que no podía hacer mucho más que decirle todo lo que la quiero y todo lo que deseo que estén bien, ella y mi sobrino, que el parto sea rápido, que termine pronto y ya pueda contarme todo como hacemos siempre.
Siempre tuvimos conversaciones sin sentido. Durante muchos años dormimos en cama cucheta. Yo hablaba desde abajo y ella contestaba desde arriba. Dormía ella arriba porque es la hermana mayor, y a mí me daba miedo caerme. Pero lo mejor de estar en la cama de abajo es que podía molestarla: metía mis pies entre las maderas que sostenían su colchón y pataleaba.
Casi siempre estamos hablando de la nada misma, y desde que ya no vivimos juntas, unos seis años y pico, tenemos esas mismas conversaciones por WhatsApp.
Algunas veces nos saludamos, otras mandamos algo irrelevante y la otra contesta algo también irrelevante y entre medio de eso nos contamos cómo estamos, hablamos de tal y de cual; le pido un consejo para cualquier cosa. Ella casi nunca me pide consejos. Nunca supe si es porque ella es la mayor o se debe únicamente a que pido muchos consejos sobre colores, estética, ropa, y ella siempre tuvo un estilo que yo no. Ella es la del buen gusto y yo he vivido siempre como una garrapata que intenta copiarla o que, al menos, me asesore.
Así que hoy tuvimos nuestra conversación irrelevante de siempre. Igual de irrelevante que en la infancia, en la adolescencia, en momentos de lo más difíciles y de lo más felices, en nuestros casamientos, los días que dejamos el país… la lista podría seguir. No recuerdo la vida sin nuestras conversaciones irrelevantes. No recuerdo la vida sin mi hermana. En verdad, no conozco la vida sin mi hermana.
El día fue pasando, hasta que me llegó una foto: mi sobrino, Rocco, agarrado a mi hermana, su mamá. Sé que es estúpido escribir que mi hermana es la mamá de mi sobrino. Intento, al escribirlo, entenderlo: mi hermana es mamá.
La nena con la que me arrancaba las mechas, la adolescente con la que miraba novelas colombianas a la hora de la siesta, la que me recibió cuando llegué a Buenos Aires, la que me llevó a mis primeras fiestas y a casi todas las que siguieron, con la que viajé, la que me vio enamorarme y la vi enamorarse, la que sabe todos mis dramas con lujo de detalle. Madre.
Todavía no sé lo que se siente ser tía. Lo soy desde hace dos horas. Ya quiero contarle a Rocco todo lo que pasó antes de que él llegara, que sepa que siempre voy a estar, que nos esperan muchas fiestas y muchos viajes. Pero si soy sincera, lo que más me importa en este momento es mi hermana: que me cuente el parto con lujo de detalles, que me diga qué enfermera era divina y qué partera era una forra, y que después, los días siguientes, tengamos nuestra conversación irrelevante de siempre, aunque para eso falta; creo que se vienen muchos días de conversaciones relevantes. Mi hermana es madre.



Qué afortunado es Rocco, la tía ya lo escribe.