Carta 16
La bandera en mi balcón
Hace un mes empezó mi primer mundial fuera de Argentina y, también hace un mes, me duele algo en un lugar que no sé dónde queda.
Recuerdo todos los mundiales, aunque los de la infancia se me mezclan en un menjunje de imágenes repetidas. La gente subida a cualquier superficie en altura, la pintura blanca y celeste picándome en la cara, la certeza de que no debería importarme tanto, a mí, que ni siquiera soy futbolera. Pero aun así, cada vez que Argentina sufre —es decir, siempre— miro esa pelota rodar y rodar con el corazón en la mano. Las picadas en casas, la pantalla gigante cuando tocaba verlo en la escuela, el casino volviendo de viaje en el que con mi familia vimos ese partido de mierda contra Alemania. Cada partido ganado, la ilusión; cada partido perdido, la tristeza y la esperanza de que este no, pero que el próximo sí.
Hasta que una vez llegó el próximo: 2022, un mes de los que no se olvidan ni si se perdiera la memoria. Juntarse con amigas un martes a las dos de la tarde, las compras minutos antes, la gente corriendo para llegar a algún lado con cara de feliz cumpleaños, la botella cortada, el Fernet en dosis no recomendadas. Ese país detenido en el tiempo, en una dimensión que es solo nuestra, ahí donde se nos olvida la miseria, la corrupción y el frío por un instante que, como todos, podría ser efímero, pero dicen que eterno es lo que se recuerda, y si hay algo para lo que tenemos memoria los argentinos, es para los mundiales.
Hace un mes que le digo a R. que solo me queda un mundial más afuera. Él pone los ojos en blanco y se ríe, porque detesta cuando tacho el presente como los presos, pero también sabe que hay días en que es la única manera que encuentro.
Hace un mes que escucho muchos comentarios que no me importan, en el trabajo, en el supermercado, en el tren: que si jugamos mal o bien, que si al final somos solo Messi, que esta vez no hay chances. Casi nunca contesto, pero siempre sonrío. Si estoy de buen humor les digo: ustedes hablen, que yo escucho. Sonrío porque hay algo que nunca pudieron sacarnos, ese orgullo con el que ganamos la etiqueta de arrogantes, esa pasión que nunca entendieron, llanto, risa, grito y abrazo en un loop eterno. La vida en el instante en el que podemos asumir que hay una sola.
Nunca tuve la necesidad de colgar una bandera argentina en mi balcón, y ahí está ahora. Podría ser para avisar que en esta casa se toma mate, se quiere demasiado, se repite desde siempre y hasta siempre que las Malvinas fueron, son y serán argentinas. Pero en realidad yo sé muy bien que no. Que la bandera está ahí colgada porque la miro desde el sillón todas las mañanas mientras desayuno, algunas veces agradecida, de haber nacido en el mejor país del mundo, y muchas otras con un nudo instalado en la distancia que separa el corazón de la garganta. La bandera en el balcón me recuerda que este mundial no soy testigo de la alegría en masa, no hay personas en la calle que lloran y se abrazan, no hay desconocidos que se hacen piecito ni desconocidos que tironean ya desde el techo de la parada del bondi. Esta vez estoy a 12.756 kilómetros, con una bandera colgada en el balcón, que me recuerda que no importa a dónde vaya, solo vuelvo a un lugar. Ese que me estruja el corazón cuando por fin, por fin, por fin las ruedas del avión entran en contacto con el asfalto.



Y si, todas estamos en esta. Mira:
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