Carta 3
Sobre mudanzas: la vida en cajas, cerrar la puerta y el nuevo hogar.
Esta semana me mudo, otra vez. Y yo odio las mudanzas, pero no paro de mudarme.
Tal vez el odio empezó cuando tenía 16, con mi hermano, que tenía 13, decidimos dejar de ir únicamente los fines de semana al departamento nuevo de papá: empezaríamos a ir durante la semana y cambiaríamos a lo de mamá cada una semana, o dos, ya no recuerdo bien —por suerte—. Lo que se llama tenencia compartida.
Mi hermano no trasladaba nada en esas mudanzas constantes. Se subía al auto con la guitarra y nada más. Con esa misma guitarra con la que me taladraba la cabeza en la habitación que compartíamos en lo de papá.
Yo movía una valija gigante en cada mudanza: toda la ropa que usaba; las cosas de la escuela; algún libro; y uno de mis cuadernos.
Fue un año o dos sin desarmar la valija. Iba de lo de mamá a lo de papá, llegaba, la apoyaba en el suelo y la abría.
Mis amigas solían quejarse cuando iban a buscarme a una de las casas y yo estaba en la otra: ¡Nunca sabemos dónde estás!
Así como dicen que sólo entiende el amor quien se ha enamorado y sólo entiende lo que es ser padre o madre quien ha tenido un hijo. Sólo entiende lo que es tener padres divorciados quien los tiene. Y el decorado, se calla.
Las mudanzas empezaron por esa época, y no pararon nunca.
Antes de cumplir 18 ya estaba en Buenos Aires con mis hermanos, en el departamento de Av. Medrano.
Después vinieron: Azcuénaga; Charcas; El Aduar; Paraguay; y Av. Córdoba.
Eso sin contar el año que pasé en Nueva Zelanda y las, al menos cinco casas, en las que viví allá.
También sin contar los dos meses viviendo en lo que a mi me gusta llamar La Minivan, pero no era más que un auto grande, que con mi ex —al que le mandamos un saludo porque es un gran tipo—, armábamos y desarmábamos cada vez que nos íbamos a dormir.
El auto era armario, alacena, cama y transporte. Nos duchábamos en lugares públicos dispuestos para acampar, que en Nueva Zelanda son un lujo. Aunque nunca dejas de sentirte un poco homeless.
La peor noche fue una en la que el único campamento público que encontramos por la zona era al lado de un cementerio. Podía ver las tumbas desde la ventana de mi habitación. Osea, desde la ventana del auto, que eran la misma cosa.
Después de todas esas mudanzas, llegó la gran mudanza: Israel. Ya vamos dos casas, y esta semana, la tercera.
Mientras me quejo, le pregunto a R. si algún día dejaremos de mudarnos. Si echaremos raíces en una casa en donde tendremos plantas aromáticas. Pertenezco a un grupo extraño de gente que no para de viajar, pero tiene que googlear su propio código postal.
Lo que odio de las mudanzas es poner la casa patas para arriba, cargar cosas pesadas, ver mi vida metida en cajas. Me pregunto si la gente con mucha plata, que contrata esas empresas que te empacan todo y lo vuelven a ordenar en la nueva casa, sentirán lo mismo.
Además de la fiaca que me da todo el esfuerzo y la organización que implica, hay un momento en particular, en el que se me rompe el corazón: el instante previo a cerrar la puerta para siempre.
Si se lee dramático es porque yo soy dramática.
Pero ese instante, en el que reviso el lugar por última vez, ya no están mis cosas; y recuerdo momentos y personas que pasaron por ahí; y veo una historia cerrarse; mi corazón se rompe.
Justo antes de cerrar la puerta, cuando empiezo a cerrarla y cada vez veo un poco menos.
Y se cierra.
Y ya está.
Ese que un día fue mi hogar pasa a ser una dirección en la lista de lugares en los que viví.
Pero no todo es triste. Aunque me encanta escribir sobre tristezas.
Lo lindo de mudarse es armar un nuevo hogar: abrir las cajas; pensar en el lugar perfecto para cada planta y cada mueble; conocer el barrio.
Lo lindo de mudarse es acomodar la ropa en el placard, porque ya no soy, la que andaba con la valija de acá para allá.
Nos vemos en la próxima carta, querido lector, querida lectora.
Nos vemos desde mi próximo hogar, en el que todavía no tengo escritorio desde el que escribirte, pero ¿sabés qué? Esta casa queda a cien metros del mar. Así que lo del escritorio es poco importante al lado de semejante dato que te acabo de tirar.
La próxima carta, te la escribiré mientras escucho las olas romper.
Casandra.







Créeme que entiendo mucho de lo que hablas, durante 5 años en Australia no mantuve una casa por más de 6 meses y no recuerdo la cantidad de veces que me mudé. Hoy por fin, estoy a una semana de instalarme, con todas las letras de esa palabra, por primera vez en mi vida. Vivir viajando es tan lindo como agotador, y todos los que nos envidian, claramente no ven todo lo malo. Yo terminé esa etapa y seguro muy pronto la extrañe. Disfrútala vos, que un día cuando te quieras dar cuenta, vas a estar finalmente instalada y recordando esta gran época.
Saludos!
Gracias por esta carta 💜 y un saludo a ese buen tipo que lo amamos!
Con ganas de leer lo que te inspira estar escuchando las olas romper 🫶